Mi atelier de encuadernación «Nusos i Lligams»

Image by Tomas Astobiza from Pixabay

En un post anterior confesaba que uno de mis sueños es tener un pequeño taller de imprenta en el que elaborar yo mismo y de forma totalmente artesanal aquellos libros que me inspiraran. Lo imaginaba como algo humilde, íntimo, casi secreto. Me lamentaba también por no tenerlo.

En mis sueños aparecía un cobertizo con una gran mesa de trabajo, una prensa manual con sus tipos, papeles por doquier, una guillotina o, mejor aún, un ingenio, y otras herramientas de encuadernación. El sol entraba por una ventana con vistas a la montaña y el olor a tinta y a papel viejo lo impregnaba todo.

Que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son.
Pedro Calderón de la Barca.

Aun no siendo la realidad tan idílica como en mis desvaríos oníricos, puedo decir que —por fin— tengo, de nuevo, mi rincón de crear. Digo «de nuevo» porque estoy familiarizado con el arte de la encuadernación desde hace décadas, aunque también hace casi tanto que no lo practicaba.

Mi cobertizo se ha transformado en un despacho cuya ventana mira al patio interior del edificio y en el que no se generan ni ruidos ni olores que puedan incomodar a los vecinos o a mi mujer, con quien comparto la estancia. Si quiero vistas me tengo que salir al balcón en donde puedo disfrutar del paisaje rural que circunda la pequeña ciudad en la que resido.

He sustituido la imprenta manual de tipos soñada con un programa de autoedición y una impresora láser, mucho menos romántico, pero más práctico, limpio y rápido. La única imprenta de tipos que puede verse aquí es un sello configurable con el que titulo las cubiertas de mis cuadernos más simples y el nombre de esta aventura: "Nusos i Lligams", que significa "Nudos y ataduras", en clara alusión al cosido de cuadernillos, aunque no será esto lo único que haga.

No tengo guillotina ni ingenio ni otros armatostes ya que el espacio es el que es. Tampoco los necesito, por ahora. Nada que no pueda hacerse con un buen cúter y una regla de cortar o usando, a modo de ingenio, la prensa de acabados y una chifla para cuero, plana y bien afilada.

Todas las herramientas que tengo son manuales, económicas y fáciles de conseguir: agujas, plegadoras, reglas de corte y de medir, escuadras, mordazas, pinzas de encuadernación, hilo encerado, punzones, tijeras, cúter y cuchillas de recambio, pinceles, unos pequeños alicates, un pie de rey para medir los lomos, un serrucho pequeño, papel de lija de grano fino y de grano grueso, grapadora, perforadora, cortador de esquinas… Diría que no me he dejado nada.

La prensa de acabados, dos listones unidos por sendos pasadores roscados con palomillas y a veces complementada con dos tablas fuertes de bambú, me la he confeccionado yo mismo. La prensa de encuadernación propiamente dicha son dos tablas a las que puedo añadir peso encima con discos de mancuerna o libros pesados.

Las únicas máquinas que tengo, aparte de la impresora y el ordenador, son: una cortadora de papel pequeña, una encuadernadora térmica de segunda mano y una pistola de cola caliente.

En cuanto a los materiales, nada fuera de lo normal: hojas DIN A4 y cartulinas de este y otros tamaños. Las pruebas las estoy haciendo con las hojas cuadriculadas de un archivador que hace tiempo que no uso. También estoy reaprovechando trozos de vinilos decorativos que tenía por casa y un forro adhesivo transparente para las cubiertas. 

Guardo papel de periódico que luego empleo para no ensuciar la mesa y para que absorba la humedad de la cola, así como fundas de acetato, que van bien para que no agarre la cola durante el encolado y para proteger una cubierta mientras pasa la plegadora por encima de ella para eliminar las burbujas de aire o los pliegues que se hayan podido formar accidentalmente.

Las cubiertas que requieren un diseño atractivo a todo color (fotografías, ilustraciones…) las imprimo en una copistería, así obtengo la calidad profesional necesaria para los libros de bolsillo o aquellos apuntes técnicos que deseo conservar como futuros manuales de consulta.

Por supuesto, no puede faltar la cola de encuadernar, de momento estoy echando mano de un bote de cola blanca que tenía por ahí, pero lo suyo es disponer de una buena cola de PVA, además de pegamento en barra y bastones de silicona para la pistola.

Así que la inversión, en este sentido, es más bien escasa. Realmente, me atrevo a decir que se puede empezar a encuadernar con lo que uno ya tiene en casa y luego ir ampliando a medida que se quiera profundizar en artes más complejas. Sin embargo, cuanta más calidad tengan las herramientas y los materiales más duraderos serán estos y se obtendrán mejores resultados porque son mucho más fáciles de manipular y de trabajar.

Mi mesa de trabajo no es precisamente grande, pero sí suficiente para poder trabajar con comodidad. La protege un tapete de corte autorreparable, verde y con las medidas habituales serigrafiadas. Eso le da al conjunto un cierto aire de taller que me encanta. Si tengo que usar el punzón en vertical pongo debajo de los papeles una tabla de corcho como las que utilizan los chiquillos en preescolar. 

Una cajonera de pino macizo con ruedas me permite tener todos los artilugios y materiales ordenados, accesibles y, al mismo tiempo, ahorrar espacio y mantener el lugar recogido y limpio. Este mueble y mi orla son lo más vintage de todo el conjunto.

Eso es todo, suficiente para cumplir con mi objetivo inicial, pues con este equipo puedo confeccionar casi cualquier tipo de libro: encolado o cosido, de tapa blanda o dura. 

Con el correr del tiempo ya se verá… Esta actividad no es más que una afición esporádica para relajarme, nada que ver con el frenesí de una pasión desatada ni mucho menos con el de una actividad profesional. He conseguido materializar mi sueño y solo con eso ya soy feliz.


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